Un viaje hacia el valor propio
Hace unos días en la membresía hablábamos sobre el valor propio. ¿Cómo se define algo tan profundo sin que suene abstracto? ¿Cómo se encarna realmente?
Crecí en una familia donde me sentía valorada por mis logros: ser la mejor alumna, entrar a la mejor universidad, tocar instrumentos… Hasta que, estudiando derecho, esa búsqueda de reconocimiento externo empezó a dejarme vacía. Algo no encajaba.
Mientras hablábamos de esto, la vida ya tejía una revelación para mí.
El sábado fui al concierto de Krishna Das en Santiago. Lo que parecía ser una experiencia musical, terminó llevándome directo a las raíces de mi ser, justo en mi primer día de regla, cuando la muerte simbólica del ciclo me atravesaba entera.
Este concierto no era como otros. Aquí se cerraban los ojos. Aquí se viajaba hacia dentro. Cuando empezó a sonar el harmonio —ese instrumento indio que mezcla acordeón y piano— en manos de Krishna Das, algo se abrió. Sentí la melodía recorrerme como una ola suave y poderosa. Su voz me fue llevando capa por capa a un lugar profundo.
Vi colores. Sentí energía moverse. Entré en estados meditativos, éxtasis, lágrimas, sonrisas. Y entonces, lo vi. La vida y la muerte. El pasto creciendo. Las gotas de lluvia. El viento. Respirar. Abrazos. Pájaros. Plantas. Árboles. Fuego en invierno. Risas. Desamor. Dolor. Alegría. Todo. Todo junto.
Y supe que ahí estaba. Eso era. El valor propio. Ese latido constante que nos atraviesa cuando dejamos de buscar afuera lo que siempre estuvo dentro. Lloré. Me sentí llena. Inmensa. Y me dije: “Todo este tiempo buscando el valor afuera, cuando acá adentro vive el infinito, una galaxia que ahora reconozco y cuido”.
En esta vida, lo más esencial suele ser lo primero que olvidamos. Pero hoy, en estas líneas, quiero invitarte a cerrar los ojos, inhalar profundo… y recordarte. Eres más que tu historia, más que este cuerpo, más que tus pensamientos.
Eres amor. Amor infinito.
Vale