El helado
Algo tan simple como un helado me mostró algo que había ignorado por años: ¿qué pasa después de tomarte al helado?
Te explico. En mi vida me he vinculado con muchos sabores de helado; he vivido conexiones y fusiones únicas con cada uno de ellos. Iba a una heladería y, al observar los sabores disponibles, me comenzaba a imaginar y a tentar con el de chocolate - un clásico-, el de pistacho, o quizás mejor el de maracuyá - menos convencional y con ese sabor que hace explotar fuegos artificiales en mi boca.
Y así, repitiendo una y otra vez esta historia con la heladería, fui probando sabores, idealizando a cada uno de ellos, imaginando como serían al entrar en contacto con mi paladar. Cuando el encuentro ocurría y me gustaba el sabor, repetía esa escena en mi cabeza y me imaginaba volviendo a sentir esa fusión y conexión única que no quería que tuviese fecha de vencimiento. Volvía a la heladería a sentir ese sabor que tanto me gustaba.
El problema estaba en que no le tomaba importancia al cómo me hacían esos helados, sino que solo me enfocaba en qué sabores me gustaban y se sentían especiales. Así fue como, en repetidas ocasiones, muchos helados me dieron vómito, me deshidrataron, y me generaron ansiedad. Volvía a la heladería, ingenuamente, esperando volver a conectar con ese sabor y que me cayera bien, pero cada vez era peor.
Pensaba que debía cambiar algo en mi, para poder seguir conectando con ese helado tan rico ¿cómo mi estómago es tan débil? ¿qué puedo hacer para transformarme en esa mujer que puede fusionarse con este sabor de helado?
Y así fue como conocí a Fantasía, una joven que vivía cerca de la heladería y que me dio de probar a las famosas pastillas del olvido. Parecían muy eficientes para no sentir estos efectos adversos. ¡Qué suerte la mía! De pronto, todo eso que se resistía dentro de mi a ese sabor desaparecía: los límites, el respeto conmigo misma, mis promesas, mis sueños, mis raíces, mi autenticidad, mis tiempos, mi espacio personal, mis amistades. Todo perdía fuerza y solo quedábamos ese sabor de helado y yo.
Supongo que ya imaginas cómo terminaba la historia. La fusión llegaba a tal punto que no podía vivir sin ese sabor de helado. Pasaba horas en la heladería, sin rumbo, sin chispa y sin dirección. Mi luz se había perdido y pasaba completamente desconectada de este mundo terrenal.
Pero, el alma es sabia. Y de pronto, mirando hacia afuera por la ventana de la heladería veía un destello, un anhelo, un brillo o un sueño que me traían de vuelta a mi. Algo me empujaba hacia afuera, dejaba a las pastillas del olvido y comenzaba a correr en dirección a recordarme. Era hora de dejar la heladería y volver a casa.
El problema nunca fue el sabor de helado, sino el olvidarte, el hacerte encajar, el presionarte, el perderte a ti misma para conectar. Olvidaste que la principal conexión es contigo y que tu bienestar está por sobre todos los sabores. Por más rico que parezca o lo increíble que conectes con un helado, si te cae mal no es el sabor para ti.
La ansiedad no es tu enemiga, es tu fiel guardiana que te avisa cuando algo está desequilibrado o lejos de tu alma. Confía en esos “síntomas”, deja de tomarte a ese helado y vuelve a recordarte.
Con amor,
Vale