El arte de experimentar
Como seres humanos, nos pasamos la vida buscando certezas y luego aferrándonos a ellas. Esto nos impide, en gran medida, el arte de experimentar: de conocer nuevos caminos, de explorar.
La vida me parece un universo sin límites, y mientras más intentamos clasificarla, más nos cerramos a la sorpresa de estar vivos. Quizás esta sea una invitación a cultivar el beneficio de la duda respecto de nosotros mismos, de nuestros pensamientos y anhelos. A sostener un sabor final a no sé, para dejar que la vida se despliegue ante nosotros.
Es en ese espacio donde aparece la claridad sobre la dirección y la intensidad de nuestro próximo paso en la existencia. Así, podemos recorrer un camino más auténtico, rico en experiencia y en una sabiduría que no se mide en números.
Es una sabiduría que reside en el corazón y nos recuerda que todos estamos de paso.
Nuestro peor enemigo en el arte de experimentar es el miedo al fracaso. Esa voz interna que susurra:
¿Y si te equivocas? ¿Y si te traicionan? ¿Y si todo sale mal? ¿Y si no eres suficiente? ¿Y si no resulta?
De ahí nacen las ansias por obtener respuestas premeditadas y estructuradas, toscas y tercas que nos cierran al arte de vivir. Así no fracaso, creemos… ¿o no? Vivimos dentro de la ilusión de que, si no fracaso, entonces mi vida está bien vivida y merezco vivirla. Es extraño cómo a veces creemos que nuestra experiencia se mide en resultados.
Quizás sean intentos desesperados del ego por no disolverse en el vacío, por aferrarse a una aparente realidad.
El arte de experimentar va de la mano con el arte del fallo. Ambos marcan ritmos caóticos, pasos desordenadamente armónicos que nos envuelven en un sabroso vivir. Un vivir que nos empapa y nos recuerda que somos una gota más dentro de este vasto océano.
No te preocupes por fallar. Ocúpate de vivir y de recorrer tu camino único a través del hermosamente indescifrable acto de experimentar.
Con amor,
Vale