La mujer: dolor y muerte
Como mujeres tenemos una relación estrecha con la muerte. Inevitable compañera que nos espera al final del camino de cada mes. Empieza a avisar su llegada unos días antes. La vamos sintiendo en nuestro cuerpo. Nos vamos moviendo en espiral hacia adentro. Nuestro instinto animal se despierta. Vamos lento. Se abre la puerta de nuestro mundo subterráneo para ir a sentir el dolor en paz. Dejamos de ser parte del ruido y nos aislamos para encontrarnos con la muerte cara a cara.
Vamos escuchando más fuerte la melodía de sus pasos hasta que se presenta frente a nosotras. Nos abraza a través del dolor que recorre nuestro cuerpo y nos pide presencia. Empezamos a parir todas esas identidades que ya no nos representan. Dejamos ir todo lo que quedó estancado en nosotras: tristeza, rabia, frustración… se van con la muerte en forma de abono para darle vida a la tierra.
El flujo de la sangre nos susurra las historias de los ciclos de vida/ muerte/ vida. El dolor que se hace presente no pide ser anestesiado, pide ser sentido. La necesidad de soledad, lentitud y suavidad son parte del instinto de la loba que necesita retirarse a su cueva. Esos días son íntimos. Nuestro cuerpo toma importancia y tenemos disponible el poder de sentirlo todo. Habitamos el vacío fértil para limpiar y preparar nuestra energía para el nuevo ciclo.
Somos un canal conectado a la vida y a la muerte, recordándonos por medio del dolor que hay momentos en la vida que son de contracción. Momentos de transformación interna que piden silencio. Que piden verdad.
Nos han convencido de que el dolor es malo y que tenemos que evitarlo a toda costa para seguir siendo funcionales, cuando en realidad es parte inevitable de la naturaleza. El dolor, hijo de la muerte, es el que despierta con fuerza una y más veces, a la vida que ya está lista para volver a inhalar.
Con amor,
Vale